Cuando yo nací, terminando el mes de octubre, no hice lo que otros bebés hubieran hecho. En lugar de dar mis primeras lágrimas y llanto, sufría de frío en los huesos, tosiendo vehementemente para mi edad, que era apenas de dos horas. Cubriéndome con una manta y acercándome a mi madre, mis padres dijeron que no sobreviviría a la enfermedad. Había nacido muy débil y mi corazón era tan pequeño y frágil que podía morir si me reía. La partera dio su pronóstico: Claro que viviría... a lo mucho un mes. No pasaría de las grandes nevadas y mi cuerpecito no se acostumbraría nunca al gélido clima de las montañas.
¡Qué ganas de empezar la vida! Era la primera hija de mis padres, la primera criatura nacida y yo ya estaba firmando mi salida de este viaje.
Mi madre, por fortuna y desgracia mías, es muy necia. Ella quería que yo viviera y haría lo imposible por darme una vida más larga y más feliz, sin tos ni frío que complicaran mi existencia. Me arropaba con seis mantas, nunca dejó que saliera de la casa y sólo se atrevía a tocarme si tenía sus manos calientes, aún cargándome con extremo cuidado como si de porcelana fuera mi piel. Sus cuidados prolongaron mis respiros por un mes y medio y mis padres continuaron protegiéndome, esperando a que los árboles volvieran a florecer.
Sin embargo un día, cuando del cielo caía la blanca nieve en gotitas frías, el invierno logró colarse a la casa. Yacía yo dormida, ajena del mundo que se congelaba, vigilada por mi madre que escuchaba la radio, cuando mi padre entró a la casa. Abrió la puerta de par en par, saludando a mi madre. Ella gritó escandalizada, señalando que el frío me haría daño. Cuánta razón tenía...
El viento se arremolinó dentro de la casa, apartando a mi papá del camino, yendo hacia mi cuna, como si me estuviera buscando. Yo abrí la boca y el frío se coló. Mi garganta se congeló al sentir la ráfaga de hielo cortándome la piel desde dentro. Un soplo más... y el frío abatió mi corazón. Me costaba trabajo respirar, mis latidos se alentaban, mis ojos se cerraban, cansados de parpadear. No pude gritar, no pude pronunciar sonido alguno. Exhalé mi último aliento cálido.
Pero algo pasó, porque si no yo no estaría escribiendo esto. Yo no habría llegado hasta aquí. En ese momento, cuando yo moría sin que mis padres se percataran, lo último que vi fue una sombra conjurada de la nada, que se blandía en el aire sin pertenecer a nadie. Era una figura casi humana, hecha de oscuridad. Se acercó a mi cuna y tocó mis ojos. Besó mis labios e insufló su esencia en mí.
Permanecí un minuto inconsciente. Al abrir los ojos me encontré con vida. El frío se había ido y pude sentir mi corazón latiendo sano dentro de mí. Ese día, lloré por primera vez. Di mi primera señal de vida normal. Y sigo viva.
Mis padres nunca se percataron de mi repentino encuentro con la muerte; hasta la fecha creen que me salvé de aquél invierno por los cuidados de mi madre y que mi padre ayudó accidentalmente al dejar que el frío entrara. Ya no me sobre protegieron y dejaron que viviera mi vida.
Pero yo recuerdo entre sueños aquél momento. Esa sombra que me dio la vida. La sombra que cambió mi vida.